El Salvador (II)...

Submitted by admin on Mon, 2006-04-17 08:00.

Cuanto más tiempo pasa, más contento estoy de haber ido a este viaje humanitario. ¡A ver si empezamos a valorar lo que tenemos! Porque aunque sólo sea por eso, creo que habrá merecido la pena.

Aquí, que yo sepa, nunca nos quedamos sin material. Sólo a veces puede faltar un fármaco concreto, un máquina sofisticadísima —¿cuántos enfermos se suspenden a veces por faltar un cavitrón, una analítica o un electrocardiograma y montamos un jaleo monumental?—. ¿Cuántos médicos españoles estaríamos perdidos allí?

Cuando llegamos al Hospital de Santa Ana, a una hora de la capital, lo primero que nos llamó la atención fue la cantidad de clínicas privadas que había a su alrededor, laboratorios, farmacias, centros de Radiología, centros del pie... y, eso sí, verjas con guardias a la puerta del hospital.

El edificio era de tipo colonial (¿los últimos de Filipinas?), chapa en el techo y paredes abiertas en los laterales. ¿Y las salas? Eran de mujeres de Cirugía, mujeres de ORL, mujeres de parto, y claro, de hombres de Cirugía, etc. Pero allí no tenían problemas con lo de las habitaciones individuales: todas eran de 30, 50 ó 60 personas. Camas apiladas, con un control en el centro, y un papel en la cabecera de cada una con el número de habitación; o mejor dicho, el de la cama, y el nombre del enfermo. Los que tenían suero compartían el pie de gotero. Porque, por supuesto, sólo había sueros (me contaron que durante la guerra usaron cocos con un gotero para meter suero). No tienen nutrición parenteral; los enfermos comen, o se les da nutrición enteral cuanto antes por sonda. Eso sí, las enfermeras, impolutas con su uniforme y su sonrisa; y los médicos, por supuesto, con bata super-limpia y corbata (sí, con corbata), todos, residentes, adjuntos y jefes. Dentro, no había familiares, al menos a la hora de pasar visita.

¿Y en quirófano? Pues en Urgencias no hay bisturí eléctrico, herramienta sin la cual operar es un reto para los españoles. Y para cerrar el abdomen utilizan lo que haya —¡yo cerré con seda 00!—, aunque se suele hacer con Vicryl, Prolene o Maxon del 0 ó 1; todos, hilos reabsorbibles y caros.

En cuanto a la sangre, me contaron que sí hay donantes, pero no bolsas para recogerla. ¡El enfermo al que intervenimos de un cáncer de esófago no tenía sangre, ya que no tenía familiares ni dinero para comprar un donante! Respecto a los anestesistas sólo están dos horas y la intervención es llevada por técnicos en anestesia. Magníficos. Tuvimos un problema con ese enfermo porque el aire acondicionado sólo tenía dos posiciones, para conectarlo o desconectarlo, y claro, o hacía un calor de 30 grados o un frío terrible. Resultado: a las tres horas de la intervención el enfermo tenía hipotermia (¡y los cirujanos también!) y al pedir que lo quitaran el paciente se recuperó, pero una enfermera tuvo que ventilarnos al equipo quirúrgico con una especie de abanico (una tapa de plástico).

Para diagnosticar sólo cuentan con el fonendo y sus manos. Nada de ecografías, ni CT, sólo radiografías simples o con contraste. Sí que hay estas pruebas en la sanidad privada y en los hospitales de la Seguridad Social, pero no en la beneficencia.

¿Y en el ambulatorio? Llegamos como Papa Noel, con el cartel de "Gran brigada médica española llega el día X a la hora X. Apuntarse". El resultado fue que todo el pueblo estaba esperando nuestra llegada, la mayoría para que le recetáramos medicinas (ellos tienen que comprarse los medicamentos, que son muy caros y, por supuesto, inalcanzables para sus economías).

Lo llamativo eran los contenidos didácticos en las paredes del ambulatorio. ¡Qué bien hechos, y con qué sentido, unos carteles sobre reproducción y fertilidad! Lo mismo en el hospital: clases debajo de un cobertizo con unas fotocopias. Eso es docencia y no tanto ordenador, cañón, diapositivas, y demás tecnologías.

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