Estigmas del costalero...

Submitted by admin on Mon, 2006-04-10 08:00.

Entre dos se las arreglan para envolverse las costillas en las fajas, estirando mucho. Y están esa tira de arpillera y ese rollito de tela forrada rellena de borra o algodón que les protege la nuca, al que llaman 'morcilla'. Cada uno se apaña. Algunos se blindan las lumbares con fajas ortopédicas y, con vendajes funcionales, los dedos de los pies, tobillos y muñecas. Hay que amortiguar en lo posible la carga de ese tamaño prodigioso y difícil de ignorar que constituye el paso procesional. En función del número de miembros de la cuadrilla, tocará a cuarenta o sesenta kilos por costalero. En medio de una atmósfera contenida, al principio habrá gana de comentar. Que si... Que si... Tras horas de marcha, sólo quedarán voces rotas y autómatas aplastados por el dolor. La única que permanecerá intacta de una Semana Santa a otra es la fe. La que hace enmudecer cuando el costalero veterano da la lección maestra: «El paso no se lleva con la fuerza, sino con el corazón».

Costó convencerles de que la tradición no flaquearía si se cuidaban, que el cuerpo tiene sus límites, que no había que dejarse llevar por la pasión, y Montserrat Altemir lo consiguió. Durante seis años, esta fisioterapeuta colegiada estudió los casos clínicos de 3.500 costaleros andaluces que soportan a voluntad el peso del paso sobre la cerviz, espalda y riñones. Habló también con capataces de distintas hermandades y cofradías de Sevilla, preparó una tesis sobre el asunto que plasmó en una página web (www.costalero.com) y terminó por abrir una especie de clínica: el Centro de Atención al Costalero. Los diagnósticos eran calcados: contracturas en la espalda, esguinces en los pies y hormigueo en las manos o parestesia, provocada por la compresión de los filetes nerviosos que salen de las cervicales. Sin contar calambres, agujetas, sudor a chorros. Y otro vocablo 'comestible' para denominar al hinchazón que la carga hace brotar en el cuello: el 'tomate', por lo colorado que se pone; o 'morrillo', por la forma sobresaliente que adopta.

Analizó la actitud postural más adecuada en cada uno de los tres momentos de la 'levantá', según las circunstancias: suelo adoquinado o liso, clima lluvioso o bochorno, peso y altura del costalero, dieta, tiempo de duración de la procesión... Vio que los dolores más marcados se localizaban en el cuello, gemelos, lumbares, rodillas y dorsales y se esforzó por reeducar malos hábitos -cómo hacerse bien la ropa, cómo evitar movimientos bruscos, cómo mirar al frente sin levantar la barbilla-.

«Nuestro cuerpo es como un 'tente' en el que todas las piezas están en relación. Cuando una falla, las demás se desequilibran y realizan un sobreesfuerzo para compensar el problema», explicó a sus pacientes. Finalmente, utilizó la fisioterapia antes, durante y después de la actividad del costalero para prevenir que «las dolencias agudas motivadas por movimientos incorrectos, sumados en muchas ocasiones a una salud endeble y a una preparación física insuficiente», originaran una penitencia de por vida.

Primer consejo: una ropa apretada, mal ajustada, que no deje transpirar la piel y no amortigüe los puntos de presión podría causar más daño del debido. Una sola arruga en la 'morcilla' podría producir lesión. Segunda recomendación: si se inicia el movimiento con una postura inadecuada, ésta no podrá enmendarse hasta que el paso se estacione... 45 minutos después, momento en que se produce el relevo. «Preste atención al equilibrio y la coordinación. Por la variación del centro de gravedad, debe emplearse el máximo esfuerzo, pero, al mismo tiempo, hay que repartir los kilos de forma equitativa. El peso del cuerpo debe ir en el centro del mismo», continúa Altemir. Evitar las bajadas de azúcar y la falta de nutrientes energéticos con una alimentación ligera rica en hidratos de carbono y bebidas con glucosa tampoco estará de más para que al costalero no le cueste la salud, anunció a cirineos y capataces.

De estos últimos dependerá imponer disciplina y que la clasificación de los miembros de la cuadrilla dentro de las trabajaderas que sujetan las imágenes en voladizo sea la adecuada a su estatura. Los más altos se eligen para ir en los pasos de Misterio. En los de la Virgen, se reserva a los más bajos, «porque el movimiento del hombre pequeño es más elegante». Se trata de que la visión sea «lo menos abrupta posible». También vigilarán que todos sus hombres tengan, como mínimo, 18 años. Los antiguos costaleros se iniciaban en este mundo con doce o trece. «El precoz inicio en esta actividad repercute negativamente en el proceso normal de crecimiento del individuo. De igual modo, no suele tenerse en cuenta el hecho de que a partir de los 35 años se debe salvaguardar de manera especial la integridad de músculos y huesos, evitando sobrecargas», alerta el cordobés Víctor Pablo Pardo Arquero, maestro doctorado en Educación Física y estudioso sobre el tema.

«A la orden de «¿al cielo con él!», el grupo levantará el paso a la vez y por igual en las cuatro patas. Será un andar armónico, al compás de la música o en el silencio, sin que las cabezas vayan flexionadas hacia adelante y sin que nadie trate de «aliviarse peso» para no perjudicar al compañero. Los antiguos costaleros eran cargadores del muelle, distribuidores de mercancía en los comercios, trabajadores de las fundiciones, hombres habituados a mover pesos. Intacta la tradición, sucede que entre los cofrades del siglo XXI abundan las profesiones sedentarias, en las que el esfuerzo físico no es imprescindible. Carne de oficina levantando pasos que alcanzan los dos mil kilos porque el alma, que no el cuerpo, lo pide.

«Antes no existían los ensayos, porque entonces el costalero cobraba un salario por salir en procesión y cargar», evoca Ernesto Sanguino, abogado y capataz de la Macarena en Sevilla. El sueldo no daba para más que pagar la cuenta de la panadería y de la taberna, pero era bien recibido. «Y bien merecido». Sanguino entrena a su cuadrilla los cincuenta días previos a la Semana Santa. Entre todos, fabrican una estructura semejante a la del paso y colocan sobre ella planchas de acero y sacos de arena antes de emprender la marcha nocturna por las calles. Hay recorridos que duran una hora. Otros itinerarios, en cambio, se prolongarán durante doce.

En las últimas dos décadas han fallecido dos costaleros. Ambos sufrían dolencias cardíacas «que se vieron acentuadas durante la carga del paso hasta causarles la muerte», explica Antonio Santiago Muñoz, doctor en Medicina y Cirugía y capataz de pasos durante los últimos 36 años. Santiago tiene a más de mil hombres bajo sus tablas repartidos en siete hermandades de Sevilla. Su cargo le ha habituado a verlos sufrir en medio de la euforia. «Cuando salen, van frescos. Pero regresan derrotados físicamente», avala.

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